sábado, 16 de diciembre de 2006

Pintar desde el alma



Entrevista a Ricardo Roux
(Publicada en la revista Notifé en abril de 2004)


El arte de Ricardo Roux parte de las profundidades del espíritu. Es reconocido por sus expresivas obras cargadas de fuerza y emotividad. Colores, líneas y formas que como parte de su propia caligrafía, extiende sobre telas y paredes.

Grissinópolis, Charlone 55, es una fábrica recuperada donde funciona un centro cultural. Allí Ricardo Roux ha hecho un mural y junto con otros artistas de la zona planea hacer otros más. Para él, todo ese emprendimiento es la política de “yo pinto mi aldea. Es mejorar el barrio, la situación de la gente y los vecinos.”

Los comienzos
“Comencé a pintar en la secundaria extrañando Villa Gessell. Allí pasé mi infancia, entre los médanos y el mar. Fuimos de las primeras familias y nosotros los primeros chicos en el lugar. En ese tiempo había sólo ocho mujeres y mi mamá era una de ellas. Y con mis amigos, que ahora son los dueños de los hoteles, del canal de TV y otros lugares importantes de Gessel, vivimos aventuras alucinantes.
“Durante el secundario tuve un profesor de dibujo que me pidió un cuadro y lo llevó al Salón Nacional. Me lo rechazaron pero para mí fue fantástico. Estuve pendiente de que el profesor lo llevara, lo embalara etc. Después tuve una profesora en cuarto, Marta Godoy, que esa sí me abrió el mate totalmente. Nos llevó al Instituto Di Tella y luego me recomendó ir allí a mostrar mi trabajo. Entonces agarré dos cuadros de un metro cincuenta por un metro cincuenta, me tomé un tren, me bajé en Once y me fui caminado hasta el Instituto. Llegué y dije: “vine a mostrarle estos cuadros a alguien”. Y me atendió Samuel Paz, quien dirigía la parte de plástica del Di Tella. Durante dos horas y media me destruyó todo lo que llevaba. En síntesis me dijo que pintaba como un viejo y me mandó a talleres, a ver a otros artistas, y al primero que fui a ver fue a Eduardo Rodríguez. El era amigo de Julio Le Parc y de todo el movimiento de arte cinético. Entonces me enganché de cabeza. Y ahí conocí a José Santamaría, que me invitó a participar de mi primera muestra en Estímulo de Bellas Artes. Después le toqué el timbre a Osvaldo Svanascini, diciéndole que yo hacía construcciones cinéticas. El resultado fue que me invitó a una muestra en el Museo de Arte Moderno y ahí conocí a Polesello, Kosice, Víctor Grippo, Jorge Duarte, Juan Carlos Romero, Jorge Gamarra... Tenía alrededor de 20 años.”

¿Siempre estuviste ligado al arte abstracto?
Tuve varias épocas pero en realidad es lo que más me enganchó desde la adolescencia. Conocí el arte abstracto por medio de libros, después vi cosas en el Di Tella, obras de Kenneth Kembel, Luis Wells y Carlos Silva. Pero sobre todo es la pintura de Raúl Russo la que a mí me gustó siempre. Es que él tenía un límite, no llegaba a ser abstracto. Y a mí lo que me interesa es eso, el límite entre la figuración y la abstracción. En general, sobre todo en estos últimos años, parto de una realidad ordinaria y la trabajo bastante con la computadora. Pero antes de tener la máquina yo trabajaba con una ventanita de cartón; tenía ventanitas de todos los tamaños y recorría la obra con esas ventanitas. Es porque siempre sostuve que es como en una pieza musical, si vos tomás un fragmento, una cantidad de compases, podés tener una idea del espíritu de la totalidad de la obra. Si la disfrutás toda es mejor, pero a veces no hace falta. Con un cuadro pasa lo mismo. Entonces yo recorría con una ventanita el cuadro y encontraba lugares que tenían todo el espíritu de la obra. Ahora la computadora me lleva a eso más rápidamente.



Arte y deporte
“También soy maratonista. Corro una hora, una hora y media y organizo muchas cosas. La primer media hora es para los dolores del cuerpo, pero después la mente empieza a correr así, (N. de R.: chasquea los dedos). Desde hace unos años lo que quiero transmitir es esa vibración que hay en las maratones populares, cuando corren 4000 o 5000 personas y es un ir y venir y cada uno tiene un compás, un ritmo. Cada corredor de larga distancia tiene que alcanzar su ritmo que es como un mantra, como una meditación hindú. La respiración, el jadeo y el regular eso corriendo durante una hora con un grupo de gente produce cierta vibración que me interesa.
“Partí de una fotografía grande de una serie de corredores en primer plano que se venían y a partir de ahí fui sacando fragmentos. Me enganché con una parte y comencé a trabajarla con el photoshop, la recorté, le cambié los colores y le toqué algunas formas. Luego la proyecto, la hago más grande y es otro cuadro. Llega un momento en que me desligo del tema de la máquina y paso a la pintura. Entonces de la foto original, de donde empezó todo esto ya casi no queda nada. Y del cuadro final puedo sacar otro fragmento que me lleve a otro viaje. Es decir, parto de la realidad pero la transformo a mi manera.”

Ricardo Roux sostiene que “la pintura se trata de ordenar y poner en armonía los elementos que tiene. El plano, la forma, la línea, los colores, y sobre todo lo que se excluye. La cuestión es trabajar y trabajar. Después, si el espíritu te señala y te manda una buena obra, bienvenido sea.”

Los distintos caminos de la vida
“La vida te lleva por distintos caminos. Me caso, tengo hijos y en 1976 durante la dictadura militar me secuestran junto a mi mujer. La pasamos mal. Estuve hemipléjico mucho tiempo. Después nos tenemos que exiliar en España y en el exilio mi familia se separa. Mi mujer y mi hija vuelven y yo me quedo en Ibiza. Entonces es el arte mezclado con todo eso.”

Europa
“En Ibiza había montado un taller de serigrafía e hice un par de muestras. Una en el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza y la otra para la Fundación Miró de Barcelona. Una de las obras era una superficie de tierra española que es rojiza, amarronada, esparcida en una superficie de 5 metros por 5 metros. Y en el medio, una valija de cartón toda pintada de blanco y adentro un montículo de tierra negra. Eso para mí era el exilio.
“En ese tipo de obras había todo un discurso, estaba en una onda muy conceptual, con un trabajo mental. Pero tuve la suerte de conocer a un tipo como John Collet, que hacía un trabajo de desarrollo de la conciencia a partir del lenguaje del cuerpo. Hice un par de talleres con él y terminé siendo su ayudante durante un año y medio.”

La vuelta
“Vuelvo a la Argentina en 1981 y me pasé un año y medio sin pintar. Volví a hacerlo cuando me conecté con el dolor que me había producido el exilio, la separación de mi familia, de mi mujer y de mi hija. Un dolor muy grande. Volver a pintar a partir de ahí, sin ninguna especulación intelectual, sin ver a nadie ni nada sino enfrentándome con mi propio dolor me hizo dar cuenta que el arte es original, no porque sea de acrílico y pertenezca a la vanguardia de moda, sino que el arte es original cuando sale de tu alma.
Es así como comencé a hacer otra imagen y esta terminó siendo mi camino auténtico; lo anterior habían sido búsquedas. Descubrí esta forma por medio de la cual la gente me reconoce enseguida.”

A través del arte fue que pudiste transformar el dolor...
Sí. El mejor ejemplo es en 1985 cuando voy a ver una película sobre el libro de George Orwell, 1984, donde hay una escena de tortura. Esa noche volví a mi taller y me mandé las seis obras más dolorosas de mi vida. Todo recuerdo de los 15 días en que estuve secuestrado. Los recuerdos que tenía eran como imágenes mí mismo, como destellos, de blanco, de rojo... Pinté esas seis obras que fueron totalmente fantásticas y fue como decía mi maestro John Collet, “vaciar el agua sucia del florero y poner agua nueva”. Nunca hice declaraciones ni nada con respecto a lo que me pasó. Y mi expresión artística no va por ahí. Por ahí sí mi actitud como ciudadano; participo de algo como Grissinópolis.

¿Cómo ves las cosas de acá para adelante, cuál es tu sensación?
¿Como artista y ciudadano? Yo soy optimista. Creo que la vida del hombre en el planeta es un conocimiento que se va aprendiendo de los errores y de los excesos. Quien no conoce el exceso no conoce la medida. Nosotros no tenemos una medida. La conocemos cuando nos vamos al carajo. Cuando te vas más allá del mal y después no podés volver, cuando corrés más allá y no podés seguir. Los maratonistas no solemos correr en círculos. Al maratonista le gusta salir y volver. Yo hago un paralelo entre las carreras de fondo y la carrera del arte. Una vez se lo escuché decir a Noé: “el arte no es una carrera de velocidad, el arte es una carrera de resistencia”. Es también un sacerdocio; es transmitir un mensaje de sensibilidad y es además un ejercicio de dignidad.
Es una decisión diaria, donde tenés que navegar en un mar embravecido, con la familia, con los padres, los hijos, la escuela, la religión, la política…

viernes, 16 de diciembre de 2005

Enfocado en lo que está pasando



Entrevista a Ernesto Bertani (Publicada en la revista Notifé en enero de 2004)

Ernesto Bertani es uno de los artistas plásticos argentinos más reconocidos de la actualidad. Son famosos sus personajes de Buenos Aires, de riguroso traje de casimir, y la aguda mirada de la realidad que transmite a través de sus obras

La relación entre la plástica y la medicina
“Existe una cierta empatía, en general, entre la gente que se dedica a la medicina y los que se dedican a la pintura. Más que en otras vocaciones. Una amiga psicóloga me decía que muchas veces encontraba a muchos médicos que pintan como aficionados, así como a los abogados, en general, les interesa sobre todo la música clásica. Ella tenía una explicación que basaba en cierta etapa de la fijación de la vocación.”

Su relación con la medicina no se queda allí. Su padre fue kinesiólogo y hasta él llegó a inscribirse en la Facultad de Medicina interesado en la neurocirugía. De joven fue un estudiante errático que sólo se concentraba en lo que era dibujar. Después comenzó la carrera de Arquitectura, pero la imposibilidad en la práctica de realizar los proyectos arquitectónicos que le interesaban, lo impulsó a dejar de estudiar.
“En la arquitectura dependés de una industria, de un capital, de un cliente... En la pintura encontré la libertad de hacer lo que yo quisiera.”

¿Cuándo comenzaste a pintar?
Siempre estuve haciendo algo relacionado con graficar y concretar mis fantasías. Comencé a dibujar personajes de historieta, jugadores de fútbol, es decir, todo lo que hacen los pibes que tienen inclinación hacia el dibujo. De chico me pasaba todo el día dibujando. Era el típico que en la clase dibujaba las caricaturas de los profesores, que no le daba bola a nadie... Ése era yo.

Los comienzos
Una tía mía, Berta Riobó, era pintora y tenía una galería muy importante llamada Rioboo, que estaba al lado del Instituto Di Tella. Entonces a través de conocer pintores en la galería, vi que era posible. Yo era un pibe de Devoto totalmente desvinculado de todo ese mundo. Vivía jugando a la pelota, andando en bicicleta, dibujando historietas, pero de la pintura y el mercado de arte, no tenía ni idea de su existencia.
Después fui al taller de Antonio Pujía que en esa época era Leonardo Rodríguez el profesor de pintura. Hice escultura con él durante una temporada, luego fui al taller de Víctor Chab donde hice una temporada de dibujo y otra de pintura y ahí ya me empecé a insertar en el medio. Comencé a exponer, a mandar a Salones... Paralelamente a esto hacía un montón de cosas, no era que se podía vivir de la pintura al comienzo.


“Realicé cantidad de trabajos y fabriqué de todo”

“Yo diseñaba unos muñecos que para la época eran muy diferentes. Eran muñecos hechos de tela rellenos de telgopor, de mijo y pintados con leyendas. Fui un poco el que inventó esa historia. Había un muñeco que se llamaba “Te mimo”, otro “Besote”, “Te quiero”. Después se pusieron de moda y me empezaron a copiar y a poner cualquier pelotudéz, pero al principio eran unos personajes simpáticos y raros, tipo bichos.
Hice mucha plata con ellos y mientras, en los ratos libres, pintaba. Llegó una época en que iba en pleno ascenso económico. Empecé a exportar, vendía los muñecos en todo el país, tenía una producción de 8.000 muñecos por mes y un taller lleno de gente trabajando. Y me agarró el “Rodrigazo” (1975) y me volteó. Entonces tuve que vender mi auto y mi departamento para indemnizar a la gente que tenía laburando. Fue una debacle. Pero ahí fue donde tomé la decisión de dedicarme a la pintura. Como tuve que desprenderme de todo lo que había conseguido hasta ese momento, me dije “no meto más esfuerzo en cosas que no me interesan”. Tenía 26 años.
Hice mi primer muestra en 1976 y en 1977 hice una muestra individual donde empecé a vender en serio. Me empezó a ir bien y comencé a tener alumnos como para también tener una entrada de plata. Todo muy impulsado por Víctor Chab que me alentó a largar todo y dedicarme a la pintura.”

¿Cómo encontraste el recurso de los casimires?
Hasta ese momento yo dibujaba con lápiz y pintaba con óleo en la forma tradicional, pero pintaba estos mismos personajes que después hice sobre casimires. Era la época de los militares, entonces una de las series que hacía eran unos personajes medio monstruosos, con relación al tema de la censura, la tortura y la represión. Eran personajes con traje y con la cara muy deformada, atados con cadenas, con sogas. Los hacía muy minuciosamente con lápiz y después con óleo. Cuando encontré lo de los casimires como recurso, ya tenía la imagen. Lo que hice fue utilizar el casimir como soporte para aprovechar la textura, el color y el dibujo del casimir. El momento preciso en que encontré el recurso fue un día en que no tenía plata para comprar lienzo. Entonces agarré un pedazo de pantalón y lo monté sobre el bastidor con la idea de darle geso para después pintar con óleo como hacía siempre. Cuando vi el casimir montado en el bastidor me dio pena taparlo porque era muy lindo, era un tipo “Principe de Gales”, a cuadritos. Entonces se me ocurrió aprovecharlo, pinté una parte y en el resto dejé el casimir. Pero al principio de una forma muy tosca, porque lo hacía con óleo, no con aerógrafo como comencé a trabajar después para lograr más realismo y calidad. Para colmo, en esa época tenía el taller en Once, así que iba a las casas de telas y compraba las que más me gustaban.

Anécdota
“Cuando era chico vivía en Devoto y enfrente de mi casa había una sastrería. El sastre se llamada Don Marcos y hacía la ropa de la gente del barrio. Él y la mujer eran personas muy cariñosas con los chicos que estábamos todo el día en la calle jugando a la pelota y andando en bicicleta. Los días que llovía nos íbamos debajo del alero de la sastrería y luego entrábamos y don Marcos siempre tenía algún caramelo. Él y la mujer no tenían hijos y entonces su afecto lo distribuían entre todos los pibes de la cuadra. Don Marcos tenía una biblioteca con todos los muestrarios de las telas. A mí me fascinaban porque tenían una diversidad enorme de tonos, matices y colores. Así que si bien yo empecé a trabajar sobre casimires porque no tenía tela, supongo que mi interés por esa estética debe venir de esa época.”



Serie La corrupción
“Siempre estuve muy enfocado en lo político, lo social, en lo que está pasando. En todo lo que es la idiosincrasia, la identidad y las costumbres de los porteños. Por eso la primera serie reconocible fue la de la época de los militares. Esos mismos personajes fueron derivando, por ejemplo en una serie de gángsters que eran una metáfora sobre los represores.
Trabajé mucho con el tema del poder. Eso derivó, por ejemplo en los empresarios. Hice toda una serie de trabajos con estos tics de los ejecutivos. Almuerzos de trabajo, reuniones de directorio, la relación con el dinero... Y ahí entró el tema de la corrupción como derivado de todo eso. Aparte fue la época que acá empezaron a verse ciertos casos de corrupción con las privatizaciones. En ese entonces yo hablaba de estas cosas y mucha gente era como que las rechazaba, como que no las quería ver. Y es esa misma gente, la que en las visitas guiadas que doy hoy en día, se muestra muy indignada con esos temas. Eran cosas obvias, pero en ese momento como que todos lo querían ver rubio y de ojos celestes.”

Mucha gente todavía no cayó...
Pero la mayoría sí. Y por ahí son las mismas personas que en su momento no lo querían ver. Estaba el uno a uno, nos íbamos a Miami, comprábamos el auto cero kilómetro, los electrodomésticos, nos sentíamos del primer mundo y estaba todo bien. Pero era obvio que se estaban afanando todo, que la deuda crecía terriblemente, que las empresas se estaban malvendiendo, que había unos negociados monstruosos... Incluso todos sabemos qué periodista decía: “hay que privatizar aunque sea mal, pero hay que privatizar”. Y las demás campañas armadas para beneficiar a todos esos intereses.

Las banderas
La primera bandera la hice cuando se hizo la primera privatización. Las banderas arrugadas, rotas y deshilachadas, tenían que ver con una pérdida de identidad, de soberanía, de deterioro. Por eso la bandera deteriorada.
A Jorge Lanata le gustó el tema de la bandera y usó una de esas obras para el primer tomo de su libro “Los argentinos”. Para el segundo, Lanata me pidió que a la misma obra del primero le pusiera una mancha de sangre, porque él quería remarcar la época de estos últimos años, que fue la más violenta socialmente. Yo lo quise hacer pero no me convenció como me salía, entonces hice un cuadro especialmente para el libro.”

Nuestra clase media
“Después comenzó a aparecer en mis trabajos la clase media. Estas series tienen más que ver con comentarios irónicos sobre ciertas costumbres de la clase media, que de patética, para mí, en la última década se hizo ya una caricatura con todas estas cosas del consumo. Es una clase que ha perdido los valores de una forma mucho más notoria. La trepada se hizo más evidente, la necesidad del “sálvese quien pueda”, etc. La clase media tiene una crisis de educación, por ejemplo, de no tomar al conocimiento como valor, cuando la clase media de hace 50 años a lo que aspiraba era a estudiar, a crecer profesionalmente, a que los hijos estudiasen. Es decir, no sólo un tipo de crecimiento económico y social sino también intelectual. En cambio, en estos últimos años eso se perdió mucho. El tema era llegar y hacer guita de cualquier forma.
Empecé a trabajar la relación de la clase media con el dinero, con la ostentación, todos estos personajes ridículos con las corbatas, con las mujeres siliconadas, el exhibicionismo...”

Con respecto a esta última etapa de las caras sobre las telas floreadas...
Creo que todos percibimos desde hace un tiempo una esperanza de crecimiento, de que las cosas cambien. Pero por otro lado sentimos una desconfianza bastante lógica después de lo que fueron estos últimos años.
Las telas floreadas tienen que ver con eso. Un contexto muy primaveral y expresiones melancólicas, como dudando. De todas maneras, esto recién empieza y tampoco sé si va a ser una serie de veinte trabajos o se van a quedar en los que son.